Hemos escuchado en multitud de ocasiones la importancia de conocer la dureza del agua para nuestro consumo. ¿Pero cómo influye en nuestro día a día? La dureza es uno de los parámetros químicos más importantes a la hora de evaluar la calidad del agua. Se define como la concentración de compuestos minerales de cationes polivalentes que hay en una determinada cantidad de agua. Los minerales se encuentran en el agua natural de forma habitual.

El nivel de dureza del agua depende, por tanto, de la mineralización o proporción de miligramos de carbonato cálcico por litro de agua. Este, además, es uno de los factores que modifican el sabor del agua. Las zonas más próximas a la costa normalmente tienen el agua más mineralizada, y su sabor es distinto al agua que se puede consumir, por ejemplo, en Madrid.

Cuando el agua se calienta, la presencia de bicarbonatos en ella hace que se forme la costra calcárea (a la que llamamos cal de forma cotidiana). El agua dura hace que esta se acumule en cafeteras o conductos de agua, por ejemplo, y tengamos que usar mayor cantidad de detergentes y jabones. Aunque donde más influye es en los electrodomésticos, como la lavadora: cuando la dureza es alta debemos utilizar mayor cantidad de detergente al lavar nuestra ropa.

En nuestras fuentes de agua, incorporamos filtros de carbon activo, según el tipo de agua presente en su zona.

 

Tipos de agua según su dureza

Según la concentración de minerales en el agua, podemos encontrar hasta cinco tipos:

  • Aguas blandas: menos de 150 mg/l de carbonato cálcico.
  • Aguas semi blandas: entre 150 y 200 mg/l de carbonato cálcico.
  • Aguas duras: entre 200 y 400 mg/l de carbonato cálcico.
  • Aguas muy duras: entre 400 y 550 mg/l de carbonato cálcico.
  • Aguas excesivamente duras: más de 550 mg/l de carbonato cálcico.

Según la Organización Mundial de la Salud, la dureza del agua no causa ningún efecto negativo directo en la salud de las personas.